1977

 

ANTIGUA Y REAL COFRADÍA DE MARIA SANTÍSIMA

NTRA. SRA. DE LA ESTRELLA

PATRONA DE NAVAS DE SAN JUAN (JAÉN).

año 1977

DON FLORENCIO RUIZ GARCÍA

Presentación

 

 

Don Florencio fue Hermano Mayor de la Cofradía, Fundador y colaborador del Anuario Stella, Pregonero de la Virgen, Hermano Mayor Honorario … pero mejor que sean otros los que opinen…

LA COFRADÍA:

“Son muchos los títulos y cualidades que adornaban a D.Florencio Ruíz García: dedicado por entero a su trabajo y a su familia, hombre cordial y atento con todos, maestro en diversas materias, cargado de buen criterio, de rigor intelectual y de precisión en cuantas actividades intervino, apasionado por los números y conocedor de la palabra… pero hay que destacar aquí dos aspectos esenciales de su personalidad, dos querencias de su vida: Navas de San Juan y la Virgen de la Estrella. Su pueblo, la gente, el campo, las costumbres y tradiciones naveras…, y su Virgen, su Romería, los estadales, los mayos, la novena… y esta revista que él fundó y a la que dio nombre, y con la que se ha emocionada cada vez que ha ido apareciendo.”

 

 

 

 

PREGÓN

 

Antes de entrar en el pregón o promulgación que en voz

alta se hace en los sitios públicos de una cosa que conviene

que todos sepan -según el diccionario de la Academia de la

Lengua-, debo decir que fue grande mi sorpresa al ser

invitado por el señor Cura Párroco y la Junta de Gobierno de

la Cofradía para ser yo quien haga de pregonero en las fiestas

de la Virgen de la Estrella. Mis excusas, un tanto justificadas,

no han servido para eludir el encuentro con vosotros, que si

bien me es grato siempre que se trata de departir con los

paisanos, y más aún si la Virgen es tema de diálogo, no es

menos cierto que mi voz no responderá a los deseos y

esperanzas de quienes me han convocado.

 

El amor a mi pueblo es grande, aunque no alcance las

cotas que merece en compensación a los afectos que recibo;

mi devoción a la Virgen es la de un navero más, ya que en esto

no hay valimiento ni privanza, si no gratitud, y en eso si

quiero ser de los primeros porque he recibido de sus manos

abundantes dádivas sin ser digno merecedor de ellas. Es

mucho lo que he recibido, y por ello esta oportunidad ha de

servirme para testimoniar públicamente mi profundo recono-

cimiento a la Madre de Dios y Madre nuestra, más que para

hacer un panegírico en el que mi palabra siempre será insufi-

ciente para cantar su grandeza, su ternura, su virtudes y sus

glorias.

 

Justificada mi presencia en este acto, pasemos al propósi-

to que nos ocupa, y que esquematizado queda así: culto a

María, Estrella de afectividad, romería a la Estrella, elemen-

tos que la distinguen de otras y etimología de nuestra advoca-

ción. .

 

María ocupa el eje de la historia humana. La Virgen no es

moderna -afirma el P. Michel Quoist- a los ojos de nuestro

contemporáneos. Sin embargo el mundo moderno tiene nece-

sidad de la Virgen María para recordamos los valores que

atesora y que tenemos olvidados. El Espíritu Santo la hizo

Madre de Dios; y en Cristo es Madre de todos los hombres.

 

Para transformar y dominar las fuerzas de la naturaleza

confiamos en la ciencia, en la técnica, en la energía; para

salvar nuestra alma y ganar el cielo hemos de confiar en

María, como mejor vehículo hacia Dios. El hombre, en ese

caminar hacia Dios, encuentra en la Virgen, su guía, su eficaz

conductora y la suprema eficacia por su estado de pureza. En

Ella está el punto de unión de lo natural y lo sobrenatural; de

lo finito y lo infinito; de la materia y el espíritu; del hombre y

de Dios. Jesucristo, hijo de Dios, fue también hijo de una

mujer y de esta manera, gracias a la Virgen, Jesús es más

nuestro.

 

La vida no es posible sin una madre que la dé, ni tampoco

puede brotar en tí la divina gracia sin que el fecundo amor de

María se haga presente en tí. La Virgen como punto de

enlace, como conexión entre lo divino y lo humano, es el

vínculo que ensambla la vida celestial con la terrenal.

 

La Virgen, que está representada en las catacumbas en

actitud orante, intercede por nosotros en el cielo como inter-

cedió sobre la tierra en Caná de Galilea. Oró el leproso, oró el

ciego, y consiguieron sanar; oró el centurión y la cananea, y

aunque gentiles, fueron escuchados; oró el buen ladrón, y

ganó el cielo; oró el publican o y la Magdalena y fueron

convertidos. Si ora la Virgen por nosotros, intercediendo ante

su Hijo, no hay gracia que no conceda. El poder de la Madre

es enorme. Es la Omnipotencia Suplicante.

 

"Todas las generaciones me llamarán bienaventurada",

leemos en San Juan (1, 48). María lo había vaticinado,

diciendo: "Todas las generaciones ... ". De ahí que la devoción

a la Virgen no fuera introducida por algún concilio o por

algún Papa; fue el pueblo cristiano, quien comenzó su devo-

ción, iniciando su culto con espontáneo y unánime amor.

 

La gracia alcanzada por María, desde el primer instante

de su existencia, fue acrecentada en la Anunciación, en la

Natividad de Jesús, en la vida oculta en Nazaret, en la vida

pública, junto a la Cruz, y en los años siguientes santificados

por el dolor, el sacrificio y su entrega. Por eso María ocupa,

entre todos los nacidos, el primer lugar cerca de Dios.

 

San Bernardo, destacado por su intensa devoción a la

Virgen, dijo en una ocasión:

"¿Temías acercarte al Padre? ... Te dio a Jesús por media-

dor. ¿Qué no puede alcanzar tal Hijo ante el Padre? ... Mas,

¿tiemblas también ante El? Es tu hermano y tu carne, en todo

probado, menos en el pecado, para que fuera misericordioso.

María te dio este hermano. Mas tal vez también temas a la

majestad divina, por haber permanecido Dios aun cuando se

hizo hombre. ¿Quieres tener una abogada ante El? Recurre a

María ... El Hijo escuchará a la Madre y escuchará el Padre al

Hijo. Esta es la escalera de los pecadores, esta es mi grandísi-

ma confianza, esta es la razón de mi esperanza."

,

La piedad cristiana coloca junto a la divina figura del

Redentor la figura de María, la criatura más privilegiada, la

más perfecta imagen de Jesús, al ser en quien mejor se refleja

la divina luz de su Hijo. Con los ojos de la fe vemos a María

en su grandeza de Madre llena de gracia figurando como tal

en Belén y Nazaret, en Caná y en la Cruz y como Reina de

cielo y tierra en su gloriosa Asunción.

¡María! Nombre excelso para la Madre de todos los

creyentes.

Una sola mujer llevó ese nombre en el Antiguo Testamen-

to: la hermana de Moisés, que fue tenida en gran veneración

por los hebreos, por lo que ninguna otra mujer llevó ese

nombre. La rigidez de esta disciplina fue suavizándose hasta

el extremo de aparecer varias mujeres con el nombre de María

entre los coetáneos de Cristo.

 

María, atendiendo a su raiz egipcia significa: Muy amada,

para expresar el amor con que Dios la distinguió. Atendiendo

a la raiz siria, María significa: Señora, porque María es Reina

de todo el orbe. Atendiendo a la raiz hebraica, María signifi-

ca: Mar, por ser océano de todas las gracias. Mar amargo, por

los dolores que sufrió en la Pasión de Jesús. Excelsa, por ser

exaltada a la dignidad de Madre de Dios. Iluminada, por

haber sido dotada por el Padre de la Plenitud de virtudes.

Esperanza, por ser Madre de Jesús, esperanza de los pecado-

res.

 

¿Cuál de estas etimologías es la verdadera o la más proba-

ble? Quizá ninguna, aunque en todas haya rigurosa deriva-

ción. la más probable parece ser la raiz aramea, en cuyo

idioma María suena casi lo mismo que Marya, señor. De ahí

que para los padres de la Virgen, María sería lo mismo que

Señora. Considerando, pues, la palabra Miryam como com-

puesta de Mir y yam.Mir del verbo brillar y yam contracción

de Yahvé, María significará Luz de Yahvé, Estrella de Dios.

 

Todas las advocaciones de María, como Virgen de los

Reyes, en Sevilla; Virgen del Camino, en León; Virgen de

Covadonga, en Asturias; Virgen de Monserrat, en Cataluña;

Virgen de los Llanos, en Albacete; la Virgen Blanca, en

Vitoria; Virgen del Pilar, en Zaragoza; Virgen del Mar, en

Almería; etc., etc., nos parecen admirables, ya que tras la

advocación está la misma Virgen que veneramos con distintas

denominaciones, pero la advocación de Nuestra Señora de la

Estrella, como hemos visto es el nombre que obedeciendo a la

etimología de María toma nuestra Patrona. Por si fuera poco,

la más antigua representación de la Virgen se encontró en el

cementerio de Priscila, y en ella aparece María con el Niño en

brazos y frente a la Virgen el profeta Isaías, que señala con el

dedo una estrella que aparece sobre la cabeza de la Virgen. La

estrella de esta representación es -según el arqueólogo ale-

mán Wilpert -"la plenitud de la luz venida con el nacimiento

del Mesías".

 

No cabe más concordancia; no es posible mayor ajuste;

no se puede conseguir tanta coherencia entre María y Virgen

de la Estrella.

 

Constituye, pues, una inmensa dicha que la advocación

de nuestra Patrona tenga tan firme punto de apoyo, y que

bajo ese nombre su pretérita veneración alcance siglos.

 

ESTRELLA DE AFECTIVIDAD

Dirigiendo la mirada hacia la forma subjetiva de la

religión, o conocimiento pleno de las relaciones y actos que

.en él se basan para establecer unidad de enlace entre Dios y el

hombre, vemos, entre otros elementos que la constituyen, dos

muy destacados, que son fuertes basamentos donde se asienta

la religiosidad de nuestro pueblo: el afectivo y el externo.

Siendo la afectividad el eje en torno del cual gira el

hombre para dar carácter a su personalidad, no hay más

remedio que admitir la analogía de rasgos en la comunidad,

cuando este eje lo forma un mismo fenómeno afectivo. En el

caso nuestro hay uno singularísimo que ocupa este lugar en

todos y cada uno de los naveros, residentes o no en Navas de

San Juan: la devoción a la Virgen de la Estrella.

 

Cuando de niños se ha visto entrar a la Virgen, proceden-

te del santuario, y los clamores de un pueblo enardecido le

han dado ocasión de conocer, por primera vez, la emoción,

empieza a pensar por qué será aquello.

 

 

Cuando en las tardes primaverales acude con su familia al

santuario, y' postrado ante la Señora se empieza a hacer

sensible a su mirada y advierte que si la grandeza de un reci-

bimiento apoteósico le emocionó, más se acentúa en su

diálogo espiritual con Ella, empieza a comprender por qué

quienes dirigen sus pasos ponen tanto empeño en la causa de

su primera emoción formal.

 

 

Al ver por las noches la imagen de la Virgen sobre la

cabecera de su cama y observar la sinceridad de una invoca-

ción materna, que dice repitiendo con él: ¡Madre mía de la

Estrella, vela por nosotros! incorpora a su conciencia la idea

de tener otra Madre, que lo es, al mismo tiempo, de la suya.

 

El día que por primera vez toma Jesús morada en su alma

candorosa -fecha indeleble en la historia de su vida-,

aprecia, aún en el reducido límite de su conocimiento, el

infinito valor que supone ser también la Virgen de la Estrella,

Madre de Dios.

 

Así, pues, llega a su entendimiento, a través de un amor

filial, el conocimiento de una verdad especulativa con el

ejercicio de la verdad práctica, que su devoción ha ido mar-

cando día a día en su hacer espiritual.

 

Nacido, por tanto, por fenómenos afectivos, el germen de

una piedad, y enriquecido en su desarrollo por la gracia de la

fe, nos encontramos ante la razón humana rectamente dirigi-

da hacía la formación de un hábito operativo que, quiérase o

no, lleva el sello de nuestra advocación mariana. Pero 10 que

hasta aquí pudiera ser común en cualquier hogar cristiano,

deja de serIo, por razó"'n del factor externo que caracteriza su

culto, imponiéndole una forma singular de ser, que compo-

nen los principios esenciales de su originalidad.

 

La canción popular, reflejo del sentimentalismo ingénuo

y sencillo que acompaña a todo hombre en su manifestación

de sana alegría, en muchas comarcas, hasta apunta rasgos

raciales. Pues bien, en Navas de San Juan la canción popular

es el "mayo", creado por el corazón -que sabe más de

lenguaje afectivo que de retóricas expresiones- y embellecí-

do por las festivas notas de una música que convierte el

piropo en piadoso madrigal amorosamente concebido.

 

El estadal es otra manifestación externa -y de la que

después hablaremos- que la tradición ha incorporado al

culto ~e la Virgen. Por eso, quien recibió en la infancia las

caricias emocionales de la Virgen no puede sustraerse a ellas,

y si, por agentes extraños, se quisiera desarraigar, la proyec-

ción en el alma de su forma externa de ser, le recordaría que

no puede olvidar a la Estrella.

 

Se puede estar fuera del pueblo, se puede emigrar, se

puede vivir, por razones profesionales, fuera de él; pero la

causa afectiva no desaparece, porque es obra cimentada sobre

la fe que llegara a nosotros, un día, con la gracia del amor

maternal. He aquí por qué pudo obrarse el milagro de

Ponferrada, porque aquellos hermanos nuestros, para exte-

riorizar jubilosamente su modo de ser, tenían que cantar

"mayos" y ellas bordar estadales, y todos conjuntamente,

mirar hacia la Virgen de la Estrella.

 

Madre amantísima, centro, eje, potente imán, por fuerza

sobrenatural que es capaz de atraer a chicos y grandes, pode-

rosos y desheredados, ignorantes y doctos, sanos y desvali-

dos, pues no en balde el sistema de motivación en la forma-

ción religiosa se ve, allá en el horizonte de la historia de

nuestro pueblo, a una distancia que se mide por siglos.

 

EL MES DE MAYO Y LOS "MAYOS"

Este mes que era el tercero en el primitivo calendario

romano, pasó a ser el quinto en la reforma de Numa, conser-

vando el mismo lugar en los calendarios juliano y gregoria-

no. Hay quien supone que su nombre estaba consagrado a los

ancianos (majorum); pero parece ser que la opinión más acer-

tada le hace derivar de Maia o Maya, deidad latina que

personificaba el crecimiento de los seres y el desarrollo de los

vegetales, En varios relieves se la representa con figura feme-

nina sosteniendo el cuerno de la abundancia y acompañada

de Mercurio.

 

Las fiestas de mayo, en que se celebra el despertar de la

vida vegetal, es una costumbre muy extendida por el Norte de

Europa para festejar el final del invierno. Es costumbre po-

pular, actualmente vigente en algunas regiones de Alemania,

el llamado "noviazgo de mayo", que consiste en cantar y bai-

lar al chasquido de un látigo delante de las mozas por quienes

se siente amor. Algunos pueblos de Suecia, en la vigilia el

primero de mayo, un grupo de muchachos, llevando en la

mano ramas verdes de abedul, recorre el pueblo con un violi-

nista al frente, cantando delante de las puertas canciones lla-

madas de mayo, en las cuales hacen votos para que las perso-

nas generosas reciban toda clase de bendiciones. En algunos

puntos de Sajonia se arrancan ramas y hojas a un árbol que

después se adorna con alimentos y golosinas.

 

Como en las citadas, en numerosas naciones europeas

hay acontecimientos similares en los que simbolizan el des-

pertar de la primavera con los amores de la juventud. En

España, -y singularmente en Castilla- es costumbre entre

los mozos, colocar en la plaza del pueblo un palo de varios

metros de altura para bailar alrededor con las mozas y

entonar canciones festivas de carácter amoroso. Entre los

gallegos, y especialmente en Santiago de Compostela, los

niños de los barrios externos organizan grupos corales para

hacer cuestaciones.

 

Hasta aquí algo de lo mucho que en sentido pagano exte-

rioriza el hombre en este mes.

 

En sentido religioso, en España, alcanza de la Cruz de

Mayo, pasando por procesiones infantiles, a las romerías en

honor de la Virgen en numerosos puntos de la geografia, y en

todos, el culto a María en el llamado Mes de las Flores. Cons-

tituye, pues, para el pueblo español, celebrar la plenitud de la

primavera bajo el signo religioso, al acudir a la Virgen, con el

gozo íntimo del cristiano, que llega hasta Ella para presentar-

le su alabanza y ensalzar sus glorias.

 

Navas de San Juan, que testifica con la antigüedad de sus

Ordenanzas del siglo XVI la experiencia de su romería, puede

vanagloriarse de estar en vanguardia en la devoción a María.

En el capítulo XXI -de los veintiocho que consta- estimula

a los cofrades y al clero para entrar en respetuosa procesión

con Santa María de la Estrella entonando cánticos y plegarias

en su honor. A lo largo de los siglos, nuestra romería, aún

conservando características análogas a otras muchas, sin

embargo, ha ido sumando rasgos peculiares que la hacen dis-

tinta a las demás, ennobleciéndola.

 

¿Qué rasgos la distinguen? ¿Qué atributos le dan carácter?

Los "mayos", los estadales bordados y sus predicadores de

alto fuste.

Los "mayos"

La tierra que para festejar a María enmarca en la Natura-

leza la escena de sus amores, hace de la romería una forma

litúrgica, expresiva y popular, que no sabemos si alcanzará la

altura de la mística, pero que sí advertimos salir del corazón

del romero como efluvio de la gracia, haciendo del señor y del

rabadán hijos de una misma Madre. La tierra de María Santí-

sima es así. La forja de esta raza, donde la "saeta" predispo-

ne al sufrimiento y al dolor, anonadando el espíritu ante una

escena de la Pasión, produce almas vigorosas y al mismo

tiempo sensibles a las más delicadas y sutiles concepciones de

la fe. En sus pechos se fragua el "mayo", cuarteta unísona

compuesta por el fervor del creyente, que pone a los pies de la

Virgen de la Estrella la devoción de un pueblo que reza y

canta, juntando así, en unidad de espíritu, la felicidad de

creer.

Es tu rostro Virgen mia

una rosa limpia y pura

y tus ojos dos luceros

que nos miran con ternura.

 

Virgen santa de la Estrella,

alumbra los corazones

para que puedan llegar

hasta ti, sus oraciones.

 

Los "mayos" son las plegarias

que tus devotos elevan;

acógelos con amor

dulce Virgen de la Estrella.

 

Tú eres, Virgen de la Estrella

nuestra madre salvadora;

tú eres camino que guias

nuestras almas a la Gloria.

Del trigo sale la harina

y de la harina la flor,

y de la flor de la harina

sale un divino Señor

para la hostia divina.

 

"Mayo", flor espiritual y espontánea nacida en el corazón

Del navero que se dirige a María con la ternura del ósculo, el

vigor de una ardiente fe, la firmeza de una esperanza cierta y

la seguridad de un amor inquebrantable que eslabona las

almas de un pueblo con sólida devoción mariana. El "mayo"

surge del pueblo, es anónimo porque no es poeta su composi-

tor, pero le basta la reciedumbre de su fe y la sinceridad de su

amor a la Virgen, para crear una oración versificada, que sea

portadora de su filial afecto.

 

La música donde se asientan las letras de los mayos tienen

aire de jota, siendo la entrada en el tema semejante al bolero

mallorquín. Vino hasta nosotros de boca en boca, sin que la

investigación haya descubierto el autor, ni su aparición en el

tiempo. Quizá el anonimato de la composición total-letra y

música- armonice con la forma literaria de la leyenda,

donde el espíritu se eleva para crear concepciones de inigua-

lable belleza. Las estrofas del Dies irae y del Stabat Mater de

autores anónimos, han servido para hacer bellísimas compo-

siciones musicales, figurando como notabilísima la que de la

segunda hizo Palestrina.

 

Esta forma peculiar de expresión del espíritu, usa un len-

guaje cargado con el calor y la vehemencia característica de la

imaginación fogosa, que une a su sensibilidad el indefinible

encanto que armonizan letra y música en original forma de

orar.

Aquellos que, como Boileau y Taine, negaron la virtud y

eficacia poética del Cristianismo, al no ver más que peniten-

cia y tristeza en las almas religiosas, tenían que haber conoci-

do a este pueblo jubiloso, que proclama sus creencias con

octosilabos musicales nacidos espontáneamente de la musa

popular.

¿Qué es el "mayo"?

¿Piropo? ¿Flor? ¿Un presente?

Las tres cosas juntamente.

NAVARRO MOTA.

 

EL ESTADAL

'En la mayoría de las romerías no falta el estadal, ligero y

sencillo, generalmente industrializado, que lleva el romero

con la estima que supone una cinta bendecida y la inscripción

de la imagen venerada. El estadal, en Navas de San Juan, es

también una cinta bendecida para llevar al cuello, que tiene

sus analogías con aquellos, pero encierra notables diferencias

en su confección.

 

El romero foráneo ya advierte varios tamaños, cinta de

moiré, finos madroños de lana, flecos dorados y bordados de

manos expertas y hábiles, que con delicadeza y esmero, como

fruto de una creatividad al servicio de la fe, han elaborado

una obra artística digna de parangonarse con los trabajos de

artesanía del orfebre y del miniaturista. Para el navero, el

estadal es algo más aún. El reparto de las cintas de casa en

casa, por los miembros de la Junta de la cofradía, constituye

ya una entrega al servicio de la Virgen y un contacto, con

quienes han de confeccionarlo, que depara situaciones de

interés no exentas de gracejo, al descubrir en muchas ocasio-

nes, amores incipientes que se refrendan con el estadal. La

doncella que a hurtadillas explora la sinceridad de quien la

corteja, pone a prueba al joven de sus amores con un estadal

bordado, en donde la diestra mano ejecuta, el corazón dirige

y la dulce mirada de la Virgen refrenda tan noble fin.

Las maestras bordadoras que agrupan en sus talleres a las

jóvenes para la preparación de tan artísticas obras, han

nacido entre el pueblo sano poniendo sus destrezas al servicio

de tan digno propósito.

 

El estadal de esta romería -tantas veces cantado por los

poetas españoles- es eso, una manifestación externa que la

tradición ha incorporado a la liturgia, como ornamento de la

Virgen y del clero en la cátedra sagrada, amén del uso religio-

so-popular, que fue de donde nació para alcanzar lugar tan

preciado por obra de su limpio simbolismo.

 

¡Bendita la romeria

que vibra con la centella

del "mayo" y la llama bella

del estadal protector,

que el amor borda al amor

de la Virgen de la Estrella!

PEREZ DE URBEL

 

¡Ay! los tonos del rosal

de mi bordado estadal

será mi lazo triunfal

que me enlazará a mi Estrella.

CASTRO ALBARRAN.

 

¡Qué bonito el estadal

bordado con dos amores!

El amor a la Señora

y otro presentido amor.

NAVARRO MOTA.

Los bellos estadales

de mil colores.

cubren los corazones

de sus amores.

Y la entereza

de voces masculinas

con ellos reza.

MEGINO MERINO.

 

Pero el Sol. la nube

y la tristeza.

y los olivos del verde olivar

se dan cuenta que sj Mayo nace

tienen que hacer ellos su estadal:

y lo borda el Sol con luz de oro

en la seda de la nube de cristal.

GIL MARQUES.

• • •

con la flor que tu pie huella

y el primoroso estadal,

¿eres visión celestial

o la Virgen de la Estrella?

MARIANO MARTIN O.M. l.

 

LOS PREDICADORES

La predicación, medio necesario para la transmisión de la

doctrina, fue establecida por el mismo Jesucristo cuando dijo

a los Apóstoles: "id y enseñad a todas las gentes ... "

Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, estudia la

misión encomendada a los Apóstoles de predicar y bautizar, y

hace notar que Cristo no bautizó, sino sus discípulos; y

encuentra la razón de ello en que en el bautismo no influye la

sabiduría y en la predicación sí. Sin embargo, la formación

del clero actual hace que ambas misiones puedan ser ejerci-

das con la suficiencia exigida, de tal modo que, tanto en la

ciudad como en el medio rural, encontramos sacerdocio con

docta palabra y virtudes ejemplares.

 

La división del trabajo en todas las actividades humanas

hace que la Iglesia también cuente con sacerdotes estudiosos

con altos niveles de especialización en arte, ciencias, filosofia,

música, poesía, historia, teología, oratoria sagrada, etc. De

ahí el que la cofradía de la Virgen haya tenido siempre a gala,

que por la cátedra sagrada del santuario pasaran predicado-

res de alto fuste como Sarabia, Castro Albarrán, Rubio,

Arribas, Pérez de Urbel, Félix García, Venancio Marcos,

Villaverde, etc., que con su erudición mariológica cantaran

prerrogativas, dones y milagros, creando así estampas de

inigualado contraste en la que la sabiduría y la fe van del

brazo para ofrecer a la Señora, las flores del pensamiento y la

meditación con los frutos del amor y la piedad.

 

Como huella de su paso, todos nos han dejado en el Libro

de Predicadores -joya de inapreciables pareceres- sus ver-

siones estimulantes en expresiva prosa y en delicadosversos.

El tiempo, que ya va envejeciendo la tonalidad de sus folios,

queda como testigo, jalonando la historia donde las genera-

ciones venideras vean, con complacencia, el ininterrumpido

itinerario de una firme devoción.

 

LA ROMERIA

Aunque por todos conocida ¿cómo es la romería?

Un repique de campanas a la hora de sexta, del último día

de abril, anuncia al pueblo que la fiesta ha comenzado. Si-

multáneamente se confunden en el cielo las ondas del bronce

con las expiosiones de los cohetes. Las gargantas apuntan un

"mayo" mientras la chiquillería bulliciosa corre alborozada.

El ama de casa, que ya en días anteriores ha hecho provisio-

nes de variados y exquisitos dulces caseros, prepara el rico

yantar para propios e invitados, que mañana habrán de

consumir sobre el verde mantel del llano.

 

El ausente, el emigrante, el soldado con permiso, el fami-

liar, el peregrino, el que debe una promesa, el curioso, el de-

voto ... , todos, llegan ansiosos al encuentro con la Virgen, yen

esta muerte de abril junto a la sombra de mayo -como dijo

Pemán- se reunen los hijos del pueblo en un marco de ini-

gualable ternura.

 

¿Por qué la cita en este día? Por la Estrella. ¿Por qué tanto

regocijo? Por la Estrella. ¿Por qué tanta largueza? Por la Es-

trella.

 

La Estrella, Madre augusta de esa numerosísima familia,

dispensadora de mercedes y favores a manos llenas, hace que

se repita el milagro anualmente, congregando a sus hijos en la

casa materna de su santuario para ofrecerles su protección,

mientras recibe el ferviente testimonio de su devoción filial.

Llegada la hora de vísperas, el campanario del templo pa-

rroquial vuelve a recordar que mañana es la romería. Prisas,

rebato, para que no falte nada a la hora de salir, mientras el

ausente nos narra las incidencias del viaje y como latía su

corazón al aproximarse al pueblo. Terminando la cena, los

acordes de un pasodoble y unos cohetes hirientes nos advier-

ten que es la hora del "mayo". Estamos en la divisoria de

abril y mayo; es la hora de completas. A la convocatoria en la

puerta de la iglesia, el joven, el niño, el anciano, el labriego y

el artesano, el profesional y el empleado ... , todos, a entonar

los clásicos "mayos" como prólogo a la solemnidad, como

introito a la festividad de la Estrella. Después de honrar a la

Virgen la delicadeza cívica arrastra a la muchedumbre, tras la

banda de música, para cumplimentar a las autoridades.

 

Durante largas horas de la noche se oirán las rondallas, y

las rejas estremecidas dejarán pasar los firmes compases de

un "mayo" dirigido a la doncella que sueña con el amor de

quien la corteja.

 

La primer alba de mayo rasga el velo de una noche

cargada de esperanzas y la aurora delimita el horizonte,

dando marco a la luz -hoy de una Estrella- que vierte su

luz como fina lluvia de oro por los verdes sembrados graniza-

dos de amapolas y flores amarillas. Hay que prepararse, hay

que estar dispuestos. Unos, las mejores galas; otros,el traje

campero; esotros, a engalanar la carroza; y todos, con la

común ilusión: la romería.

 

El camino, que fuera en otro tiempo única vía de acceso

al santuario, ha quedado como ruta de la Virgen en su trasla-

do procesional y sendero de promesas. Por allí, el penitente

descalzo para cumplir su voto; la madre agradecida con su

hijo en la cadera; las rodillas sangrantes de una dura prome-

sa; la vela que recuerde al emigrante; el ex-voto prometido del

enfermo sanado. Hoy el camino se exorna con cabalgaduras

enjaezadas, llevando a la jineta vigorosos mozos de traje

corto y mozas con lindos atavíos, como alegoría del romero

de antaño. El grueso de los romeros, que lo hacen ahora por

carretera, irrumpe por la avenida de la Victoria, donde

agentes del Duque de Ahumada ordenan el tráfico. Entre

tanto, y a 10" largo de ella, los vítores, palmas, palillos y

"mayos" irán dejando estela armónica de un clamor que diri-

ge sus amorosos dardos a María.

 

Al desembocar en la explanada, una abigarrada multitud

trata de acomodarse bajo las silentes encinas, testigos mudos

de innumerables romerías. A las doce solemnidad religiosa en

la que, tras el Evangelio, la voz autorizada de un magistral de

la palabra hace sonar en las naves del templo, su poético

verbo glosando las grandezas de María. A lo largo del

sermón, ese instrumento de paz que es el sacerdote -como

diría San Francisco de Asís- va trocando el odio en amor, la

tristeza en alegría, las tinieblas por la luz. la ofensa por el

perdón, el error por la verdad y la duda por la fe. Al finalizar

el santo sacrificio, la expresión litúrgica de "podéis ir en paz"

no es observada porque ha llegado el momento culminante en

que el pueblo apretado en torno a su Estrella, espera el

preludio de los "mayos", y entonces como una sola garganta

florece la canción que los enardecidos romeros le tributan a la

Madre. En ese momento las lágrimas dan fiel testimonio de

una emoción que sobrecoge, mientras la memoria trae a

nuestra presencia vivos recuerdos de quienes otrora estuvie-

ron con nosotros al pie del altar.

 

Terminada la solemnidad religiosa, el romero encuentra

tiendas con recuerdos, estadales, medallas, sortijas y cuantos

objetos decorativos pueden llevar con donaire la efigie de la

Virgen. A su paso por la pradera, el ensordecedor altavoz de

la tómbola, el corro de jóvenes aireando unas sevillanas, el

buhonero pregonando su mercancía, el caballista exhibiendo

en la grupa la lindeza de su compañía, las parejas apostillan-

do el ambiente, las barras despertando el apetito y las libacio-

nes ... Entre el bullicioso enjambre, el saludo, el abrazo, el

encuentro inesperado, la tuna estudiantil con su cortejo, la

copa imprevista que se acepta ...

 

La comida y la sobremesa hacen el compás de espera

hasta la procesión que la Virgen hace sobre los hombros de

tantos cuantos ansían llevarla o tocar la fimbria de su manto.

El lugar donde el cautivo Juan la encontró, recibe anualmen-

te la visita procesional de la Señora, lugar donde este año

encontraremos un esbelto monolito de piedra berroqueña,

que autentifica el hecho histórico.

 

Con los vítores y la subasta para entrar la Virgen, culmi-

nará la jornada en el santuario, aunque la fiesta cívica prose-

guirá en el pueblo, cargada de comentarios a cuantas noveda-

des o repeticiones ha ofrecido la romería.

 

CONCLUSION

Hasta aquí, la romería de la Estrella vista apasionada-

mente por un navero que ha usado, como buen andaluz, de la

exageración, que Tirso de Molina -en expresión matemáti-

ca- llamara "la verdad con muchos ceros".

 

¡Estrella! Invocación, que aquí suena a taumaturgia,

porque al pronunciar su nombre la rigidez del precepto se

hace dulce deber; la amargura y el dolor, fuentes de gracia; la

dicha, presente de caridad, y la vida, en fin, conjunto donde

se unen armónicamente la norma cristiana con el jubiloso

modo de llegar a Dios por la Virgen de la Estrella.

 

Navas de San Juan -venturoso pueblo con sólidos ante-

cedentes romanos, según reza la leyenda de su escudo, toma-

da de los Vasos Apolinares de Vicarello en la Toscana, por

figurar como estación de la Vía Hercúlea, que confirma la

Tábula Peutingeria- tiene dos valiosos caminos: uno, éste,

por el que, sin preguntar, se va a Roma, y otro, el que nos

ofrece la Estrella como preciadísimo sendero que conduce al

Cielo.

Muchas gracias.