1954

 

ANTIGUA Y REAL COFRADÍA DE MARIA SANTÍSIMA

NTRA. SRA. DE LA ESTRELLA

PATRONA DE NAVAS DE SAN JUAN (JAÉN).

AÑO 1954

FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL

 

Pregón de la Romería al Santuario de Nuestra Señora de la Estrella

Por Fray Justo Pérez de Urbel

Cuando pronuncio el nombre de Navas de San Juan, vienen a mi

mente aquellas palabras que decía el Salmista: Bienaventurado el

pueblo que conoce la alegría. Yo vi la alegría palpitar por sus ca-

lles, saltar a sus ejidos, espejarse en los ojos de sus habitantes, ex-

tremecerse en los ámbitos de su espaciosa ermita, la ermita de

Nuestra Señora de la Estrella. Y aquí es donde comprendí por qué

ese pueblo tenía el conocimiento de una ciencia tan difícil, por qué

como a ningún otro merecía que se le aplicasen las palabras sa-

gradas. En cierto modo, es un pueblo que vive junto a la fuente de

la alegría. El sí que puede rezar con toda verdad: Cansa nostrae lae-

titiae. Su alegría tiene un nombre: Estrella, Nuestra Señora de la

Estrella. El nombre es ya un augurio de felicidad. Las noches son

frescas y sombrías, sobre las mesetas cubiertas de vides y de olivos,

entre los cuales se destacan los matorrales de espinos como hurna-

reda s inmóviles: pero se tornan transparentes y azules y se pueblan

de trinos y requiebros, si parpadean sobre ellas las luminarias del

cielo. Ellas con su vivo resplandor sostienen la esperanza del en -

fermo, alumbran la senda del caminante y orientan al marinero que

lleva su barco a través de las aguas inmensas. Estrella de la mar,

estrella de la mañana, estrella polar. ¡Cuanta poesía, cuanta segu-

ridad y qué abismos de gozo y de dulzura encierran estas palabras!.

El nombre es ya un augurio, pero tenéis que ver su imagen para

comprender el por qué de aquel extremecimiento jubiloso de los hi-

jos de Navas de San Juan en presencia de su patrona; teneis que

ver su imagen, envuelta en su regio manto: aquella frente, ilumina-

da con los reflejos de la espléndida corona o si quereis con los re-

verbos lejanos de la gloria celeste; aquellos ojos que se inclinan

graciosos como para mirar a sus hijos agrupados en torno suyo;

aquella boca graciosa, que parece estar destilando las mieles del

. perdón y de la misericordia, aquellas manos que sostienen al que

es la salud del mundo y el motivo de nuestra esperanza; aquella

gracia, aquella majestad, aquel hechizo que parece disipar todas las

sombras, exorcizar todas las tristezas y auyentar todos los dolores.

Primaveras sin fin briIlan en el azul de sus miradas y parece como

si de ella brotase un rumor de tórtola, una música de palabras amo-

rosas, una invitación apremiante, una declaración insospechada,

que suene en el silencio, pero que su pueblo sabe descifrar y com-

prender: «Yo pienso en tí; para cuidarte y protegerte he puesto mi

tienda al lado de tu casa. Yo pienso en ti incesantemente y por tí he

dado lo más precioso que tenía. Piensa tú en mi que no te arrepen-

tirás; ven a mi encuentro y ríndeme tu homenaje. Aquí, entre el fo-

llaje de los árboles, mirando las llanuras de tus afanes y tus fatigas

te aguardo siempre. Cuando tú duermes, yo velo por tí, cortando el

paso al enemigo y apartando los males de tu casa y de tu campo.

Sígueme, soy el camino que lleva a la felicidad, y nadie llegará a

ella sino por mí. Soy la estrella que se eleva sobre las cimas y cuyos

fuegos traspasan incluso los infiernos. No me busques lejos, estoy

junta a tí, revestida de sol, con la luna bajo mis pies y la diadema

de las constelaciones en mi cabellera. Y puesto que necesitas amar

y Ser amado, ámame. Cuando mi nombre florece en unos labios, el

corazón se enternece y rebosa de dulzura. No olvides nunca lo que

he hecho por tí; mi fuerza se comunica a los que llevan mis insignias

y tú sabes como se transforma todo tu ser, cuando me invocas por-

que es entonces, sobre todo, cuando me acerco a tí, portadora de

consuelos y venturas.

La voz de la tórtola se ha oido en nuestra tierra, dice entre-

tanto el pueblo de Navas de San Juan, y mecido por ella, como

un niño por el arrullo de su madre, se entrega a las faenas de

cada día. Y todo lo envuelve la mirada maternal de Nuestra Señora

de la Estrella. Si trabaja, ella le ayuda; si camina, ella va a su lado;

si reza, ella recoge sus necesidades; si canta, ella es el objeto de su

canto, y lo es especialmente en las coplas desgarradoras de sus

«mayos»; flor espontánea del corazón del hijo, con acentos de per-

dón y delicadeza de madrigal; saeta de luz que sale disparada del

fondo del alma popular y atraviesa la inmensidad de los cielos.

Hasta el amor, en sus más juveniles arrebatos, queda como

consagrado e iluminado por los rayos de la estrella bienhechora.

¡Cuantos sueños, cuantas impaciencias, cuantas ilusiones van pren-

didos de esos estadales, que los jóvenes han bordado en largas ho-

ras de emoción y que ahora llevan las latidos más hondos del co-

razón, transfigurados por la Excelsa Patrona, al acto más solemne

de todos los cultos del año, la procesión solemne, en que ella pasa

a través del pueblo bendiciendo los hogares y los campos, curando

los enfermos, sublimando las diversiones y las faenas, los dolores

y los sacrificios, la cultura y el amor.